En diciembre de 2024 mi vida cambió en cuestión de horas.
Los médicos encontraron un tumor dentro de mi columna vertebral — un ependimoma grado 2, intramedular, que crecía desde adentro hacia afuera presionando la médula espinal. Me dijeron que en pocos días podía quedar cuadrapléjico. No había tiempo. Fue operación de emergencia.
Antes de entrar al quirófano, el médico me explicó que bajo el tumor se había formado un quiste. Un estornudo — literalmente un estornudo — podía ser suficiente para dañarlo. Eso era lo delicado de mi situación.
Desperté de la cirugía con hemiparesia izquierda. Mi mano izquierda no respondía. Mi pierna tampoco. Había perdido la propiocepción de toda mi mitad izquierda — esa sensación de saber dónde está tu propio cuerpo en el espacio. Sentía un hueco extraño en el pecho y el abdomen, como si una parte de mí no estuviera ahí.
Pero abrí los ojos. Y ahí estaba mi esposa. Y supe que mis dos hijos, que todavía están chiquitos, me estaban esperando.
Eso fue suficiente.
Lo que vino después fue un proceso largo. Días y días de reentrenar mi cuerpo desde cero. Primero intenté mover un dedo. Luego otro. Luego una parte más. Un día pude sostenerme parado durante un par de segundos antes de caer. Después un poco más. Me llevaban a todos lados en silla de ruedas y el cansancio era constante.
Tengo dolor permanente — algo parecido a un cuchillo clavado en el brazo. Ya me acostumbré; solo lo recuerdo cuando duele mucho o cuando me toco esa zona. La cirugía fue en la columna cervical, de C3 a C5, y quedó un quiste residual que provoca sensaciones de calambre, como si me apretaran los dedos de las manos y del pie. Mi lado izquierdo siempre se siente apretado.
Pero aquí estoy. Ya puedo caminar por mi cuenta. Ya me autorizaron a manejar. Sigo en rehabilitación y cada semana voy recuperando cosas que antes daba por sentadas.
Al principio del proceso sentía que iba caminando solo. Que nadie podía entender exactamente lo que vivía. Y en cierto sentido es verdad — cada uno carga su cruz de una manera única.
Pero en algún momento recordé algo: no tengo que cargarlo solo.
Decidí poner todo en manos de Dios. Y lo que pasó a partir de ahí fue algo que no me imaginé que pasaría, no porque desaparecieran los dolores o las limitaciones, sino porque dejé de pelear contra ellos solo. Creo profundamente que Dios guió las manos del médico que me operó, y que junto con su conocimiento y habilidad, la fuerza que Dios le dio a mi cuerpo hizo posible que yo esté aquí, agradecido.
Cadena de Oración — Hice Cadena de Oración por eso.
Porque sé lo que se siente caminar en la oscuridad creyendo que nadie más está ahí. Y quiero recordarte que no es así. No tienes que ir solo. Puedes unirte a alguien, acompañarlo aunque sea en oración, desde donde estés, sin que te cueste nada más que un momento de tu tiempo.
Todo ayuda. Créeme, lo sé de primera mano.
— Cesar R., fundador de Cadena de Oración
